Llegué con un manojo de dones en las manos: amor, belleza y verdad. Y creí que eso era lo que me rodeaba en este mundo. En cada gesto, en cada mirada, yo veía ese reflejo.
Creía en la sinceridad, en la ingenuidad, en la bondad y el desinterés a manos llenas.
Un buen día noté nubecitas saliendo de la boca del ser que más amaba (además de mis hijas) y en quien confiaba tanto como en mí misma. Hasta entonces yo creía que mi vida y su vida eran lo mismo. Poco a poco los velos fueron cayendo.
Él resultó ser como mucha otra gente... y me costó un buen tiempo, muchas lágrimas y un buen susto tratar de entender cómo eran esas personas.
A esta altura, ya no me interesa comprenderlos. Sólo sé que cada uno es diferente, y que mi ramito de dones me fue dado para que me encargara de repartirlo entre aquéllos que abrieran sinceramente su corazón, para recibirlos.

Ahora elijo concientemente la inocencia, pero con la sabiduría de quien conoce que existen otras posibilidades.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario
¡Hola, Bienvenid@ y gracias por compartir aquí tu comentario!