9 ago 2011

Lucidez

Un día descubrí que entre sucesos amargos, palabras venenosas, desprecios, desvalorizaciones... perdí mi brújula y mi gps.

Daba vueltas en círculos, prisionera de una relación donde me engañaba a mí misma, encandilada por los esporádicos destellos de luz que chispeaban en la oscuridad.

Confundí entonces, negrura con claridad.

Hasta que las sombras me tiraron hacia abajo, cada vez más... y toqué fondo, muy muy profundo.

Allí descubrí esas partes de mí que no me gustaba reconocer. Y tuve que convivir con ellas, hasta que de tanto mirarnos a la cara, las acepté.
Entonces, fue el momento de volver a la superficie.

Lento... muy lento... como gotas de sanación, mi memoria recuperó antiguas imágenes, momentos felices, cálidos, más brillantes que el sol...

Besos, palabras tiernas, miradas, caricias, silencios que llenaban el alma, carcajadas, la conexión interior, la mutua devoción...
Sonreí. Cayó una lágrima mientras comencé a recordar cómo se siente la tibieza del amor...

Miré ese viejo cuadro (otros tiempos, otra persona).

Miré el de ahora.

Y entendí.





Ésto nunca fue amor.





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